Por @rufianmelancoli
Cuando en septiembre de 2013 Hayao Miyazaki anunció su retiro como director de cine con la película Se levanta el viento (Kaze Tachinu), además de dejar atónitos a los periodistas del Festival de Venecia otorgó claves para interpretar éste, su testamento fílmico. No todos los grandes directores de cine pueden darse el lujo de hacer una última película con la conciencia de que funcione como epílogo, cierre o mensaje final de su obra; aunque también se corre el riesgo de crear un producto melancólico o anquilosado, propio de una vejez que evoca en lugar de provocar el movimiento (o revisen esa triste La voz de la luna de Fellini, película que siempre parecía estar incómoda con el cine que se exhibía en ese momento -1990- y con la obra del propio cineasta). ¿Cómo operaría Se levanta el viento en el potente universo del demiurgo japonés de héroes, mascotas, sueños, brujas, castillos y ritos de paso?
Desde las coordenadas de “última obra”, no debe extrañar que Se levanta el viento sea un biopic: la vida del ingeniero aeronáutico Jiro Horikoshi, creador de los aviones de caza Zero que atacaron Pearl Harbor durante la Segunda Guerra Mundial, en 1941, año del nacimiento de Miyazaki. Es decir, que el mejor momento creativo del ingeniero Horikoshi ocurre cuando el futuro dibujante y cineasta vive sus primeros meses de vida. ¿Como si se tratara de un pase de estafeta? Pero acá se vuelve peligroso el supuesto, en tanto Miyazaki se ha reconocido como un pacifista y ecologista constante, ¿de dónde viene el interés de dibujar la vida de un hombre que diseñó aviones para la guerra y la muerte?






