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viernes, 22 de agosto de 2014

Purgatorio. Viaje al corazón de la frontera.


Definido como la zona de transición entre el Infierno y el Paraíso, aunque ya desde el anterior papanato Ratzingeriano se haya borrado del mapa del castigo apantallacristianos (¿simplificación administrativa?), el concepto mismo del Purgatorio aun permanece y a partir de esa idea, Rodrigo Reyes presenta un panorama de la frontera mexicana con Estados Unidos, aquella que no solo delimita ambos territorios sino también la existencia de todos quienes viven temporal o permanentemente a su alrededor. Entonces Reyes nos lleva a un recorrido para conocer a quienes buscan cruzar la frontera por enésima vez, o quien ya se ha rendido y prefiere sobrepasar la frontera de su realidad un ratito después del arponazo de heroína, al reportero de nota roja, al cazador de migrantes que los adivina por la basura que dejan detrás (bolsas, ropa, anticonceptivos y ropa interior en el olvido), así como el pastor bautista que deja agua colgada en mochilas para quienes ya han logrado atravesar y continúan su recorrido. Prácticamente es un collage de historias sobre la existencia de cada uno de los personajes abordados, un entramado con el que construye el universo prácticamente desconocido para el resto del país y que Reyes logra presentar con una elegante fotografía el panorama desolador de los lugares que sirven de trampolín para la permanente huida con tal de buscar una mejor vida. La mirada no es condescendiente, se coloca cómodamente en la objetividad y no juzga ni denigra a los personajes, por lo que prefiere ofrecer retratos individuales como eslabones de una gran cadena que define el movimiento alrededor de la frontera, llena de conflictos, inseguridad y que suele ser pasado por alto, tanto así que el instante donde un cadáver yace abandonado en una calle sirve para señalar la falta de empatía de los locales por un desconocido más que pretendía escapar de su realidad. Más adelante, sigue a los trabajadores del antirrábico atrapando perros en las calles y un sacrificio que provoca en todos los espectadores un horror ante la muerte del perrito sin dueño. Es esa mirada impasiva la que confronta al espectador con su compasión inmediata al animal contra la del anterior cadáver en la calle, por el que de seguro no siente la misma compasión. Desde allí, el resto de las historias breves que conforman el documental adquieren otro matiz ya lejano al reportaje amarillista y cumplidor, cimbrando a todo aquel que se deja llevar por Reyes y su equipo en este recorrido por la frontera.